Botero

Prólogo

Hay libros que se dejan leer; otros, en cambio, parecen más bien ocurrirle al lector. Botero pertenece a esta segunda estirpe: no se abre como una narración convencional sino como una puerta mal ajustada por la que se filtran escenas, voces, deseos y deformidades que no siempre obedecen a la lógica ni al pudor.

El mundo que aquí se despliega está hecho de agua estancada, cuerpos excesivos, rituales absurdos y personajes que parecen arrastrados por una corriente moralmente turbia. Un bote —y el acto insistente de remar— funciona como eje de ese universo: ir y venir entre orillas inciertas, entre mansiones húmedas, islas sospechosas y ciudades que parecen brotar del sueño o de la fiebre. Cada viaje se repite, se deforma y se prolonga en otro, como si la narración misma estuviera atrapada en un ciclo de regresos.

Pero no conviene buscar aquí una historia “ordenada”. Lo que el lector encontrará es más bien una sucesión de visiones grotescas, de humor oscuro y de una imaginación deliberadamente desatada. En ese exceso —sexual, verbal, corporal— late una tradición que va del carnaval literario al delirio metafísico: la realidad aparece como una farsa viscosa donde los personajes persiguen placeres, misterios o salvaciones que siempre terminan desviándose hacia lo absurdo.

El botero, figura central de esta travesía, no es sólo quien conduce la embarcación. Es también quien carga con el peso del relato: testigo, víctima y a veces cómplice de un mundo que parece conspirar para degradar cualquier forma de sentido. Remar es su destino, pero también su condena: avanzar sin saber exactamente hacia dónde.

Quizá por eso Botero se lea mejor como un descenso —o una deriva— antes que como una novela en el sentido tradicional. Sus páginas invitan a aceptar la lógica del sueño, del disparate y del exceso, allí donde la literatura deja de comportarse como un espejo del mundo para convertirse en un artefacto de perturbación.

Quien se suba a este bote hará bien en olvidar por un momento las rutas seguras de la narrativa. Aquí sólo hay agua turbia, una isla siempre a la vista y la sospecha constante de que, después de cada regreso, el viaje no ha hecho más que empezar.